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Los placeres y los días

Emociones para los días corrientes.

Granada es una ciudad que se cae a cachos y en venta. Duele andar las callejuelas de sus barrios más antiguos que enfilan edificios llenos de desconchones, puertas y ventanas cerradas, cuando no abiertas de par en par para que el aire y la lluvia terminen por arruinar los viejos caserones.
Duele ver los edificios en obra y ver pasar los años sin que se concluya nada y se remocen. En cambio proliferan los solares, uno junto a otro, cada vez hay más. Duele ver los bajos cerrados, en venta. Es la crisis, nos dirán. Pero no.
No hace falta remontarse a Torres Balbás para aprender que Granada es una ciudad que desaparece a ojos vista.
Desaparecieron rincones emblemáticos trazados desde antiguo como el Callejón del Gallo, con un edificio irrespetuoso con el entorno, no por su modernidad, sino por su incapacidad por encontrar el volumen correcto; levantaron la resistente losería en sardinel y abandonaron hasta el horror el mismo espacio donde se han documentado restos del oppidum ibérico de Iliberri, la Florentia Iliberritana, la Medinat Elvira de los siglos VI y VII d.C. y la corte del Rey Badis, ya en el siglo XI.
Desaparecen espacios diáfanos, abiertos, detrás de rejas tan contradictorias como las que rodean desde siempre la estatua de Mariana Pineda, la heroína de la libertad. Se expulsan de las calles las actividades lúdicas y compartidas hurtando el espacio público. Todo para el pueblo pero sin el pueblo.
Granada es una ciudad a la que no se asoman los granadinos que prefieren ir de bares y de tiendas como hicieron los políticos tras la noche electoral, cuando optaron por ir al H&M que acababa de abrir sus puertas antes que asomarse al puente del Aljibillo para ver cómo la incuria municipal, o un falso ecologismo, permite que malas hierbas y árboles invasivos terminen por cegar el cauce, impidiendo hasta la misma función reguladora termo ambiental del río.
De vez en cuando, un político acertará y pavimentará una calle con piedra caliza tipo Sierra Elvira. Pero a la esquina siguiente veréis surgir una reja más.
Y pese a ello, Granada resiste. Tiene tanta historia encerrada, que es capaz de sorprendernos en cualquier rincón.
Hoy lo hecho en la Cuesta Rodrigo del Campo, en el remozado muro del Convento de las Monjas del Carmen. Entre los sillares, previsiblemente romanos, y la construcción renacentista me ha llamado la atención un fragmento de lápida nazarí. Destaca por su color y la filigrana del borde. Y he agradecido al artesano que la insertó en el muro, que la reutilizó como también hicieron con otras en la pared norte de la Iglesia de San Cristóbal, este guiño que enlaza mis paseos por Granada con el arranque del siglo XVI.

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Uno de los efectos beneficiosos del llamado movimiento 15-M será sin duda un aumento de las lecturas de los libros críticos a la globalización. ¿Pensiones en peligro?. Que la banca pague lo que debe, de José Antonio Pérez, activo miembro de ATTAC, es sin duda uno de ellos. Editado en 2010, la originalidad del libro no radica tanto en la decidida defensa que realiza del carácter público de las pensiones, conquista histórica del movimiento obrero, sino en el análisis en que sustenta las reformas que el sistema necesita para ampliar las fuentes de financiación, ya que no parece que por el momento la sociedad se anime a la procreación, es decir al aumento del número de cotizantes. Pérez trae a colación diversas lecturas, algunas divertidísimas como la parábola del País del Plano, tomada de La Conspiración de Acuario, de Marilyn Ferguson, para animarnos a “limpiar de prejuicios nuestra mente” y realizar un cursillo acelerado de adaptación al cambio desde la óptica de las formas solidarias de convivencia.
Que la Seguridad Social tiene sus detractores no es noticia. Desde hace décadas, la banca y otros sectores neoliberales presionan con el argumento demográfico y señalan que si se mantiene el sistema actual, en 2050 a cada trabajador le corresponderá mantener a dos pensionistas. Para los neoliberales no hay más solución que reducir las pensiones o redoblar las cotizaciones sociales. Para los banqueros, hay que cambiar el actual sistema de reparto por uno de capitalización, según el cual cada uno cobre en relación con lo aportado, sustituyendo el plan de pensiones por un plan de ahorro. Silencian qué van a hacer con quienes no tienen capacidad de ahorro. Y silencian su baja rentabilidad y las comisiones que ellos obtienen de esos planes, nada menos que 1.013 millones para gestoras y entidades financieras en 2009, según el estudio de Pablo Fernández y Javier del Campo, de la escuela de negocios IESE, traído a colación por Pérez.
Para Pérez, una reforma en serio del sistema público de pensiones exige un cambio de modelo, tradicionalmente centrado en el trabajo, “una tradición cada vez tiene menos que ver con la realidad del mundo tangible”, se afirma, ya que dentro de poco “bastará el trabajo del 20% de la población para producir el conjunto de manufacturas y suministros básicos; por lo tanto, bajo el esquema del mercado, el 80% restante está condenado a quedar fuera del juego económico” (Ver Informe al Club de Roma El dilema del empleo, (1998), de Orio Giarini y Patrick M. Liedtke). Esta es la gran paradoja de nuestros días: que la tecnología que nos ha permitido obtener con creces las necesidades básicas ha sido la causante de la peor desgracia que podía sobrevenirle al homo faber: la pérdida del trabajo, su principal ocupación en la vida.
El paradigma actual es que nos encontramos, según Pérez, en una situación de gran abundancia – la cantidad de trabajo físico medido en julios realizados por el hombre y las máquinas se ha incrementado en proporciones impensables para las generaciones anteriores- y, por otro, un nivel de empleo cero y un nivel cero de disponibilidad de dinero. “En lugar de preocuparse tanto por la desaparición del trabajo en el paraíso tecnológico, de lo que hay que ocuparse con seriedad – dice Pérez- es de reparar la “avería” sufrida por el empleo, ese artificio cultural estructurador del trabajo en la sociedad”. Y añade, “resulta absurdo que el paulatino empobrecimiento de una parte de la sociedad se produzca no a causa de una escasez sobrevenida, sino precisamente cuando existe una papable abundancia de bienes y medios de producción. En las actuales condiciones de prosperidad material, una sociedad que permite la miseria en su seno es, sencillamente, una sociedad estúpida”.
La salida a esta situación es a todas luces política. “La tecnología no funciona por sí sola, dice Pérez. Las hachas de sílex cortan o matan siguiendo las directrices de la mente que ordena el sentido de su movimiento”. La pobreza es una deliberada opción social, como ocurre en España cuando por decreto se fijan la cuantía mínima de las pensiones o se decide costear todos los gastos del Estado con los impuestos generales pero que sean los trabajadores quienes costeen sus pensiones.
Aquí y ahora, la sostenibilidad de las pensiones no es un problema de recursos sino de redistribución de la riqueza. Y la solución radica, entre otras medidas en convertir todas las pensiones en un derecho de ciudadanía (como ya ocurre en otros países) y financiarlos no por los salarios de quienes trabajan sino por la riqueza general del país.
Paralelamente urge buscar nuevos yacimientos de recursos. Pérez los encuentra en la banca. “A estas alturas del siglo XXI, todos sabemos que no han sido los salarios disparatados, la baja productividad, la indolencia laboral, las huelgas o la holganza los empleados los causantes del desastre económico que aflige al mundo”…”si los trabajadores no han intervenido para nada ¿por qué se los quiere castigar endureciendo el sistema de pensiones que asegura su subsistencia al término de su vida laboral? Sería más lógico castigar a los causantes de la crisis”. Y para que la banca pague propone diversas medidas, desde la implantación del impuesto robótico que grava los cajeros automáticos de los bancos, a los impuestos por las comisiones del dinero de plástico y las comisiones bancarias , sin olvidar la implantación de la llamada tasa Tobin sobre las transacciones financieras, que penaliza a especuladores y paraísos fiscales.
Otros impuestos deberían ser asumidos por los negocios que obtienen beneficios de las personas prosumidoras (gasolineras, hipermercados, centros comerciales, separadores de residuos urbanos etc.), que en ningún caso ven repercutir en su beneficio los ahorros que obtienen del “sírvase usted mismo” o del “hágalo usted mismo”. Igualmente deberían gravarse los nuevos métodos de organización empresarial (reingeniería) que incluye la eliminación de puestos tradicionales, con adelgazamiento de las plantillas y la externalización de suministros o servicios.
Para Pérez, con independencia de los ajustes que precise el sistema, implantar un ingreso garantizado, digno y suficiente es un imperativo ético de la sociedad. Y dice con Galbraith “ los países ricos pueden garantizar perfectamente una renta a quienes no la tienen. Si algunos no trabajan, que así sea. Se sabe que también los ricos, ocasionalmente, prefieren el ocio”.

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Desde hace un tiempo, ignoro exactamente cuándo pero hay fotografías que indican que el peaje no estaba establecido en 2008, la Sociedad Cooperativa, Agrícola y Ganadera del Campo de Cázulas cobra por pasar por una finca de su propiedad, la Finca de Cázulas situada a medio camino entre una pista forestal y los barrancos del río Verde y de las Chorreras, paraje singular de gran belleza frecuentado por senderistas y barranquistas. Todo parece indicar que el punto de peaje no se establece a la entrada de la finca sino bastantes kilómetros antes, lo que asegura un control absoluto del paso, justo a la entrada del llamado carril del barranco de la Corta, en el punto kilométrico 42,5 de la Carretera de la Cabra. Si el arranque del carril no fuera público, a qué viene que unos tres kilómetros más abajo, hayan vuelto a situar otra cancela dónde figura un disco de peaje y se hayan levantado unos mojones que aluden claramente a un cambio de propiedad.

El barranco del río Verde es un cañón situado en la Sierra de Cázulas, un paraje único lleno de pozas de agua y caminos para la práctica de senderismo, con varios miradores, que ofrece la emoción de pasar hasta por tres puentes colgantes (porque el otro se lo llevó una crecida y no ha sido repuesto), la contemplación de gran variedad de especies vegetales y cuyas aguas cristalinas y abundantes durante todo el año han convertido este descenso como el más conocido y famoso de Andalucía para barranquistas, además de ofrecer un chapuzón con un salto impresionante de 15 metros de altura.

En la entrada del carril, – donde la Junta de Andalucía tiene una señal indicando Junta de los Ríos-, un “sujeto” te pide 5€ por persona por el derecho al paso, sea a pie, en bicicleta o en vehículo y 5€ más por coche. En el caso de empresas de turismo de aventura, la tarifa está bonificada a 3€ por persona (excepto niños menores de 12 años). Además, el paso tiene horario acotado: de 9 a 7,30 de la tarde, ya que la reja – se anuncia- se cierra después de esa hora.
A ojo de buen cubero un domingo cualquiera de verano, la SCA Agrícola y Ganadera del Campo de Cázulas obtendría unos beneficios de 1500 a 2000 euros como poco, a costa de senderistas, deportistas y familias que ven que les cuesta unos 30 euros de media darse un chapuzón en el Parque Natural. La servidumbre de paso – es decir, el derecho que tiene todo vecino a acceder a su propiedad o a un espacio público- se habría vuelto en contra del ciudadano y a favor del predio intermedio -la Sociedad Cooperativa- que lo estaría utilizando para hacer negocio.
Paradójicamente, según los datos existentes en empresas que registran todo lo que se publica en medios oficiales, la citada Cooperativa no habría presentado cuentas desde 1999.

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De todas las fotografías que tengo – y mira que tengo fotografías- la que me inspira más ternura es una foto de una niña-madre con su bebé de cinco meses en brazos. La madre está sentada en una mecedora. La madre tendría entonces 26 años pero su mirada y su sonrisa delatan el candor de quién piensa que nunca nada podrá irle mal. Melena rizada y flequillo abultado recogido a los lados, al estilo pin-up de los 40, lleva un vestido de lunares con una falda de mucho vuelo. La niña, sentada en su regazo derecho, mira directamente a la cámara. Destaca su poco pelo y la marca que en su frente dejó un nacimiento con fórceps. Viste de blanco y lleva zapatos oscuros. La mano de la abuela anotó en el reverso, San Hilario de Sacalm, 30 de agosto de 1948. No Sant Hilari, que sería como apenas 10 años después la niña conocería el balneario y el sitio de las aguas, sino San Hilario, como se debía decir en aquellos años franquistas. En apenas 0,26 cm2, tres generaciones y un contexto político.

La porra antequerena es una variante del andalucísimo gazpacho. Aunque es de origen cordobés es un plato muy extendido por toda Andalucía con numerosas variantes. En Córdoba capital se sirve salpicado de tiras de huevo picado y jamón, en algunos pueblos de Cádiz con picadillo de almendra, en Sierra Morena con cominos machacados, con uvas en localidades de Granada y Jaén y con perdiz y conejo guisado en la Sierra de Cazorla.

Como todo salmorejo es un gazpacho sin agua. Una crema muy espesa de tomates, pimientos, ajo y miga de pan.

Receta para 4 : 1 rebanada de pan de hogaza, del día anterior; 1 diente ó 1/2 diente de ajo según el gusto de cada cual, 1 pimiento verde pequeño, sin pepitas, cinco tomates rojos maduros pelados, medio vasito de aceite crudo de oliva; vinagre de vino de Jerez y sal al gusto.

Aunque con batidora se obtienen excelentes resultados, lo suyo es preparar el gazpacho a mano, en un proceso lleno de amor y paciencia. El recipiente utilizado viene a ser un almirez o mortero dornillo, como le llaman en Antequera, de barro, mármol o madera.

Se le quita la corteza a la rebanada de pan duro, cortándola muy fina. Remojamos la miga con agua y la estrujamos. A la masa se le añade, sin dejar de batir, el pimiento verde muy troceado y los cinco tomates rojos sin piel y a pedacitos. Se machaca todo junto (o se bate si hemos optado por la batidora) hasta que se obtiene una pasta más bien espesa , que sazonaremos con vinagre y agua. La gracia de la porra está en que al final ninguno de los elementos que la componen sobresalga sobre los demás y que el conjunto sea un todo armónico y equilibrado.

Como guarnición le pondremos huevo duro picado y una juliana de tomate, pimiento, cebolla y atún. Además, para acompañar, podemos servir las cortezas del pan que hemos eliminado al principio porque los tiempos no están para desaprovechar nada.

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